Pensar la educación en tiempos de virtualidad

Pensar la educación en tiempos de virtualidad

En el inicio de esta distopía pandémica uno de los primeros procesos en hacer su repliegue al ámbito de la mediación tecnológica fue la educación, millones de niños, jóvenes y adultos alrededor de todo el mundo se encontraron de repente frente a una pantalla intentando remedar, lo que unas semanas atrás, vivían al calor humano de la presencia del otro, de los espacios y de la existencia corporal, gestual y perceptual. 

Intentar emular la presencialidad en el marco de una pantalla y de una interfaz prediseñada e instrumental era como intentar degustar un plato de alta cocina en McDonald´s, simplemente un imposible. El tiempo fue marcando la necesidad de las instituciones, los profesores, las plataformas y los estudiantes de prepararse para algo que parecía no tener un final cercano. Encontrar formas, métodos y alternativas para darle continuidad al proceso formativo fue el primer paso, un tanto improvisado, pero ciertamente cada quien decidió dar lo mejor de sí para salirle al paso a la crisis mundial.

 

El tiempo ha pasado, llevamos un año, el primero tal vez de unos cuantos o quizá de la vida entera que debamos guardar distancia social, mediar por plataformas tecnológicas, interfaces y pantallas el encuentro con el otro. Nadie lo quiso, pocos lo han disfrutado y quizá nadie sepa lo que viene o si las decisiones y acciones que hemos tomado son las mejores. Pero la intención de esta reflexión es generar un cuestionamiento a quienes han decidido retirar a sus hijos de las instituciones de educativas.

Es claro que razones no faltan ante el panorama de la educación remota, por que ni siquiera alcanza a ser virtual, como el trabajo no alcanza a ser un real teletrabajo, son métodos remotos para que, en medio de una crisis, se adecuen sectores y actividades sociales a la distancia mediada por la tecnología con el fin de proteger la salud pública.

Las instituciones de educación, algunas en mayor y otra en menor medida, han respondido al panorama planteado de la mejor manera posible, es cierto que ninguna lo ha hecho de forma perfecta o la altura de lo que implica un proceso de educación, pero ¿cuándo lo han hecho?, el sistema educativo como todos los sectores de la sociedad nunca ha funcionado a la perfección, tiene grietas, vacíos y problemas socioculturales profundos. Pero aún así nos hemos insertado en ese sistema como en la familia, el trabajo y la economía sin ser perfectos en absoluto.

Las instituciones educativas han hecho el mejor esfuerzo para lograr los objetivos propios de la formación y la educación en el mundo representacional del sujeto. Ahora bien, ante el panorama contemporáneo y después de un año de este tipo de formación se puede llegar a algunas conclusiones: 

El retirar a los niños y jóvenes de las instituciones educativas puede tener efectos profundos en su respuesta ante las situaciones de crisis, por un lado, la profundización de los procesos de individualismo que experimenta la sociedad contemporánea, la ruptura del lazo social y la construcción de mundos artificiales que en nada reflejan la realidad cotidiana. Sacar a niños y jóvenes de la realidad crea una burbuja que limita la comprensión de lo complejo que es encontrarse con el otro en su diferencia, de escucharlo, entender lo que implica el disenso, someterse al aburrimiento, a horarios y a hábitos de vida, todo la anterior también hace parte de formar la mente y la personalidad de futuros adultos que no necesariamente vivirán aislados del otro, ni en un mundo ideal. 

Es posible que no se aprenda como en la presencialidad, que el niño o el joven no esté aprendiendo al mismo ritmo que sus compañeros o al ritmo del hijo de un conocido que ya ha logrado avanzar más que el mío, pero nunca las mejores decisiones se toman con base en la referencia de dos proporciones que por naturaleza son diferentes, únicas e incomparables.

 

La respuesta ante una crisis nunca será abandonar la situación o crear una realidad paralela para personalizar la existencia ante la crisis. La enseñanza derivada de evadir la realidad será que cuando una situación se torne problemática la respuesta será huir, refugiarse en sí mismo y construir un pequeño gueto que me refugie del mundo exterior mientras el mundo se recompone y vuelve a ser ideal, aunque nunca lo ha sido.

 

El otro panorama que se torna complejo ante la decisión de abandonar, es creer que con enseñarle a los niños los contenidos curriculares se está educando integralmente o que el joven que eventualmente aprende una competencia en un curso personalizado y virtual desprovisto del encuentro con el otro está resolviendo la problemática principal: acceder al mundo del conocimiento. Lo que se deriva de este panorama es que el individuo refuerza el rol ya complejo que plantea la sociedad contemporánea de un individuo que no necesita del otro para vivir, un sujeto del rendimiento, de la autoexplotación, el que quiere estar liberado de vínculos, compromisos y relaciones sólidas para consumir, comprar, viajar y creer que así se puede ser feliz, el resultado de décadas de este modelo ya es evidente: sujetos que no logran encontrar respuestas ante el vacío de una vida fundamentada desde el tener y el hacer, un vacío que ningún producto, viaje o experiencia puede llenar. Esa será la mentalidad de los niños y jóvenes de esta generación que huyen a una realidad paralela, artificial e individual para acceder a su mundo ideal.

 

 

El hacer multiplicaciones o aprender de geografía a una edad anterior a la que normalmente se hace en el sistema educativo, es un logro, pero no sólo se aprende a multiplicar o de capitales del mundo cuando alguien está en un aula, presencial o virtual, también se aprende a participar de la vida pública, se aprende a convivir con el otro, a observar y aprender comportamientos sociales, a ser ciudadanos del mundo en un encuentro con el otro. Se aprende a esperar el turno, a guardar silencio, a aprender de lo que el otro hace, a sentir de qué se trata ser un compañero, a crear en unos tiempos y condiciones dadas y finalmente a ser en un lazo social.

 

Por último, tal vez el mundo de hoy nos esté preparando para un futuro en el que serán vitales las competencias digitales adquiridas a temprana edad, para lo cual el sistema prepandémico no estaba preparado, ni dispuesto. La intercreatividad, poder crear juntos y poder vivir juntos en procesos mediados por tecnologías digitales, será uno de los aprendizajes para quienes decidieron vivir la realidad tal cual es, una verdadera preparación para el futuro que nos aguarda. Incluso hasta querer por voluntad propia tomar un descanso de las pantallas puede ser uno de los aprendizajes necesarios para vivir en el siglo XXI.

 

Todos queremos hacer lo mejor por nuestros seres queridos pero la pregunta es: si esta situación de crisis que nos lleva a entornos remotos y a la distancia mediada por tecnologías se extiende y dilata en el tiempo: ¿seguiremos creando realidades paralelas para “adecuarnos” al tiempo presente?, ¿seguiremos denostando de la tecnología y de la virtualidad, sin comprender el mundo presente, las oportunidades y hacer frente también a los peligros que se abren ante nosotros?, ¿seguiremos creyendo que la educación se trata solo de conocimiento, de hacer y obtener un título para tener casa, carro, beca, viajes y acceder al mundo del hiperconsumo?

 

Las respuestas a estas preguntas desde la consciencia de sí nos permitirán vivir la vida como es, no como quisiéramos desde el deseo y desde el ideal, la vida es esta, la que vivimos, la conocemos, la del siglo XXI y ser humano habitando el mundo en permanente cambio tal cual es, será tal vez la única alternativa para ser y existir de la mejor manera.

 

Fernando Andrés Castro Torres.
Docente Facilitador

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